Vuelta a Casa

La jornada comenzó según lo previsto. Las lágrimas se hacen imparables cuando te separas de alguien a quien quieres tanto.

Richard nos lleva al aeropuerto y yo no dejo de mirar por la ventana. Sé que echaré de menos las calles del país, la vida que se respira en ellas, la luz del atardecer, la música, la gente.

Llegamos al aeropuerto y pasamos el control de pasaportes sin problemas. A la hora de facturar, último ejemplo de la calidez ugandesa y buena conversación con la persona que me atendió.

Tras una larga espera amenizada con la última cerveza Nile Special, monto en el avión. De acompañante un holandés que se dedica a la agricultura a gran escala. Intercambiamos opiniones hasta que comienza a entrar el sueño.

Debido a los nervios de la vuelta, no pegué ojo en el vuelo. Vi la película el Discurso del Rey y anduve escuchando música francesa.

A las 06:30 de la mañana llego a Ámsterdam. Hasta las 09:30 no sale el vuelo a Madrid. Cada vez más cerca.

Alrededor de las 12:30 y tras dos horas y media de vuelo, reencuentro con mi hermano, Silvia y Patricia. No hubo lágrimas, algo que si se pensaba, pero la alegría se nota en cada poro.

La sorpresa se acerca. Tanto mi madre como mi padre no sabían que volvía tan pronto así que el momento iba a ser inolvidable.

14:30 de la tarde. Mi madre que sale del baño en el cual se metió por orden de mi hermano, sale del mismo pero no mira para donde yo estoy. La pego un grito y veo esa inmensa felicidad en sus ojos. Nervios, preguntas y lágrimas.

Mi padre trabajaba así que hasta las 23:30 de la noche no recibiría su sorpresa. Escondido en mi habitación, le hacen entrar, enciende la luz y ahí me ve. Los mismos ojos de inmensa felicidad. Abrazos.

Es hora de echar la vista atrás, hacer memoria y preguntarse que tal ha ido la vida en Uganda.

Llegué aquí, mi primera vez en África. Llegué sólo y en menos de un mes me sentí adaptado por completo. Me encantaba caminar por la calle, ir en el coche y observar la vida que me rodeaba, pararme y hablar con la gente, ya fuera un conductor de boda boda, el frutero de la esquina, un cura o un niño pequeño.

Tengo que decir (aunque suene a típico) que Uganda me ha cambiado en muchos aspectos (y no solo porque haya perdido mucho peso) y todos de gran importancia para mi vida futura. No volveré a ser el mismo, el José de antes no volverá.

He aprendido que se puede vivir con menos y ser igual, o incluso, más feliz. Puedo vivir sin electricidad, duchándome con agua fría, hacer la colada a mano, vivir sin ADSL, sin videoconsola, sin ir al cine, sin ir a conciertos o festivales.

Todos los aparatos que tenemos en el ¨norte¨, nos hacen la vida más fácil, no lo voy a negar, pero cuando vives sin ellos te das cuenta que, aunque mas ardua, la vida sigue siendo posible.

Me di cuenta que la familia es importante (aunque seas bastante independiente, como yo lo soy) cada día de tu vida. He aprendido que tienes que saber prestarla atención, cuidarla, mimarla. Lo mismo puedo decir de los amigos (que, por suerte, no me faltan)

Creo que me he vuelto más humilde, necesito menos cosas para ser feliz.

No obstante, también soy crítico y todo lo que he visto no me ha gustado de este país. Creo que uno debe de ser critico, saber ver lo bueno y lo malo, no idealizar demasiado.

Odio que vean a un muzungu y se piensen que somos ricos, que intenten aprovecharse de ti alguna vez que otra (ya sea un policía parándote o un ¨amigo¨ saliendo contigo de fiesta y esperando que pagues tu todo). Tengo que decir que no me gusta la comida ugandesa con su matooke todos los días, su arroz sin sabor, su posho.

Odio la postura que los ugandeses tienen en relación a la homosexualidad, el machismo que existe en la Uganda de a pie.

Me voy sin entender como ir de la mano con tu pareja o besarla en mitad de la calle es visto como algo excepcional y extraño. Es una manera de expresar el cariño que tienes hacia una persona querida, no hay nada de malo en ello.

No obstante, lo positivo ha vencido a lo negativo. Nunca olvidaré a Mammy Maganjo y a Bosco que durante más de un mes me trataron como de la familia, no olvidaré el trato que recibí en Kalisizo (Masaka), no podré olvidar a Peter y a sus hijas, no podré olvidar a Winnie, Safina o Carol que han cocinado para mi durante más de 5 meses, no olvidaré a Shakeem, el hijo de Carol, como tampoco podré olvidar a mis niños del cole que visité en Maganjo o a Hilaria y Georgi, no olvidaré a Becky, Tash o a Yvonne, la amabilidad con la que nos atiende Prossy en Edma Country Club, el té con Monica y su familia, las conversaciones en los taxis o en mitad de la calle tras un How are you Muzungu?.

No podré olvidar que gracias a Uganda conocí a Sam, una de las personas más maravillosas que he conocido en toda mi vida. (Espero verte pronto colega ya sea en Alaska o en España)

Echaré de menos esa sensación de salir de casa y recibir miles de Hello Muzungu! Cuando voy a coger el taxi, poner dinero en el móvil, comprar un chappati o dar un paseo. La dulce voz de los niños interesándose por ti, esa mirada llena de experiencia de un abuelo que se cruza contigo y te saluda con solemnidad.

Echo la vista atrás y me siento orgulloso de mí. Me adapté rápido a un país y una cultura que no es la mía pero lo que más me enorgullece es que, salvo raras excepciones, el resto de mi tiempo aquí he vivido como un ugandés más.

He utilizado el transporte público, sufriendo los baches de la carretera, he andado la ciudad, sufriendo el polvo que la habita, aunque no me ha gustado, he comido su comida, sintiendo lo que ellos sienten, he vivido sin luz días y días, me he duchado con agua fría muchas veces, me han picado los mosquitos.

No se puede decir de mí que he vivido alejado de la realidad ugandesa y, como dije anteriormente, eso es lo que mas me enorgullece.

Pienso que no vives un país si no te mezclas con la gente, si no la tratas. No conoces sus pensamientos o sus sentimientos hasta que llevas la misma vida que ellos (salvando las distancias en mi caso, tampoco seamos hipócritas), disfrutando de lo mismo, sufriendo lo mismo.

Hay gente que llega a un país, les recogen en el aeropuerto, les dejan en un Resort de lujo con una playa privada, pasan una semana o dos allí, luego vuelven al aeropuerto y a sus respectivos hogares y aún dicen que han estado en Uganda, Cuba o cualquiera sea el país.

He querido ser parte de este país y aunque no puedo decir que haya sufrido lo mismo que una familia típica ugandesa, si puedo decir que he intentado por todos los miedos experimentar lo que significa vivir en este país y creo, sinceramente, que lo he conseguido.

Toca despedirse.

No sé que pasará con mi vida. No sé si dentro de un tiempo cambiaré el nombre del blog  y se llamará un pelirrojo en la india, en Pakistan, en Bolivia o en Namibia. No sé si acabaré en Europa o en Estados Unidos, no sé si trabajaré en una ONG, Fundación o empresa que no tenga nada que ver con la cooperación.

El tiempo pondrá las cosas en su sitio, aunque no sea el correcto para mí.

Para mi fue un placer escribir este blog, espero que para vosotros fuera leerlo pero no os penséis que dejaré de escribir. Al igual que yo me he enfocado, voy a re-enfocar este blog y mientras que esté en España, seguiré escribiendo sobre temas africanos y de cooperación.

Un consejo: Nunca dejéis de Enfocaros en aquello que queréis. Sea lo que sea.

Enfocado

21-05-2012

2 comentarios to “Vuelta a Casa”

  1. ERES UN MAQUINA PRIMO

  2. Recién encontré tu blog, y me ha asustado un poco: pareciera que por momentos describieras al Perú!!!

    Un ejemplito:
    En Uganda son Taxis, en Perú les decimos micros o combis. Tienen al chofer (conductor) y al cobrador (el que cobra el pasaje y grita a dónde va el traste ése en el que trabaja). Y si te notan extranjero, te cobrarán de más.

    Otro ejemplito: La entrada Kafkiana. En Perú ocurren cosas más asombrosas. Imagina que le debes mucho dinero al banco, pero tienes tus propiedades a nombre de otras personas de modo que, como legalmente no posees nada, no te pueden quitar nada. Lo malo: la gente a cuyos nombres tienes tus cosas pueden decidir no devolverte nada.

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